Fin de año, el juicio final (pero contigo como acusado)
Hay un momento entre el 29 y el 30 de diciembre donde todo se pone raro.
Ya pasó Navidad. Ya sobreviviste la parte social. Ya hiciste tu mejor actuación de "estoy bien, todo bien". Ya aguantaste las preguntas incómodas, las opiniones no solicitadas, y esa conversación con el tío que tiene teorías sobre todo.
Y de repente llega ese silencio entre fiestas donde no hay agenda... y tu mente —que claramente no sabe descansar— aprovecha para abrir una carpeta.
"Metas 2025_FINAL_FINAL_AHORA_SÍ."
Y empieza el inventario. Lo que no hiciste. Lo que no terminaste. Lo que empezaste con motivación de comenzar de enero y terminaste con una excusa tan creativa que, honestamente, merece reconocimiento.
Ese negocio que ibas a lanzar quedó en "estoy validando". Ese curso que ibas a empezar... lo empezaste en tu corazón. Ese libro que ibas a leer... lo miraste, y eso cuenta como contacto visual.
Y el gimnasio. El gimnasio siempre aparece en esta historia.
En enero fue un romance apasionado. En febrero una relación a distancia. En marzo un "te escribo luego". Y en abril ya era un recuerdo bonito, como un ex con el que no quieres hablar pero que te sigue apareciendo en stories.
Se abre la sesión
No sé en qué momento el 31 de diciembre se convirtió en un tribunal. Pero así funciona: el año se acaba, hay gente comprando uvas, hay fuegos artificiales, hay música... y tu mente dice "perfecto, se abre la sesión".
El acusado eres tú. No el vecino. No tu ex. No el jefe. Tú.
Tu mente se pone una toga invisible, agarra un martillito imaginario y empieza la auditoría emocional más agresiva del año. Como si el 31 fuera el cierre fiscal del alma.
Y aparece esa voz que habla como jefe tóxico. De esos que nunca felicitan, nunca reconocen, y todo lo miden en "resultados":
"¿Qué hiciste este año?" "¿Dónde se fue el tiempo?" "Todos avanzan menos tú." "Deberías estar mejor."
La palabra "deberías" es un arma blanca. No mata de inmediato, pero deja todo sangrando.
Y como si eso fuera poco, tú haces lo que hacemos todos: te metes a Instagram. Error. Error humano clásico.
Entras con cara de "solo voy a ver qué hay" y el algoritmo te recibe con un desfile de logros. Uno compró apartamento. Otro viajó a Japón. Otra corrió un maratón. Otra "cerró ciclos" con fotos en un lugar donde claramente hay paz... porque hay presupuesto.
Y tú viendo historias con esa mezcla de admiración y resentimiento elegante. Como diciendo "qué bueno por ti" con la energía de "te odio, pero con educación".
Los dos dardos (o por qué te clavas el combo completo)
El budismo tiene una imagen perfecta para esto.
El primer dardo es la vida. Pum. La meta que no cumpliste. Lo que se atrasó. Lo que no salió. Eso duele. Es completamente humano. El Buddha nunca prometió que no dolería.
Pero luego viene la mente —especialmente en diciembre, cuando hace inventario como contador obsesivo— y dice: "Gracias por el primer dardo... ahora vamos con el combo."
Y aparece el segundo dardo. La historia.
"No logré esto... entonces no valgo." "Se me fue el año... entonces soy un fracaso."
¿Ves lo que pasó? Ya no son hechos. Es violencia. La mente convirtió una meta incumplida en un veredicto sobre quién eres. Y se pone creativa. Muy creativa. Pero cruel.
El dharma no promete que no te van a pasar cosas. Te ofrece algo mejor: no clavarte el segundo dardo.
Metta: el arte de no destruirte
Hay una palabra en pali que suena a postre italiano: metta.
Se traduce como "amor bondadoso", pero eso suena a tarjeta de Hallmark. Prefiero pensarlo simple: es la decisión de no maltratarte.
No es indulgencia. No es "todo me da igual" y Netflix hasta marzo mientras comes cornflakes de la caja. Es mirar lo que pasó y decir: "Esto dolió. Y aun así, no me voy a destruir por ello."
Creemos que siendo duros con nosotros mismos vamos a mejorar. Que el látigo interno produce resultados. Que si no nos castigamos nos volvemos flojos.
Pero no funciona así. Nadie ha logrado un six-pack odiándose frente al espejo.
El río no se queda quieto (y tú tampoco)
Hay un detalle que olvidamos cada diciembre: la persona que puso esas metas en enero ya no existe igual.
No por poesía. Por realidad. Pasaron cosas. Hubo cansancio. Hubo cambios. Hubo vida.
Juzgarte hoy con la regla exacta de enero es como reclamarle a un río que no se quedó quieto. Es absurdo. Y sin embargo lo hacemos todos los años, con la misma dedicación con la que prometemos que "este enero sí voy al gimnasio".
Balance sin tortura
Entonces sí, haz balance. Pero sin tortura. Ajusta cosas. Pero sin látigo. Porque con ese tono cruel, no hay meta que aguante.
Y si en enero vuelves a fallar —porque va a pasar, seamos honestos— no pasa nada. Bienvenido al club. La práctica no es no fallar. Es darte cuenta y volver. Sin drama. Sin declararte en bancarrota espiritual. Sin hacer un PowerPoint interno de todo lo que salió mal.
El año va a terminar como va a terminar. No puedes editarlo como documento de Word. Pero sí puedes elegir el tono con que lo miras.
Y si el año no fue amable contigo... al menos que tú no te evalúes como si fueras un error de sistema.
Porque no lo eres.
Eres alguien que llegó hasta aquí. Respirando. Resolviendo. A veces con claridad, a veces improvisando. A veces con un plan, a veces con puro café y fe.
Y eso cuenta.
Feliz año. De verdad. Con todo lo que fue y lo que no fue.